Como saben ustedes, la iglesia católica abriga, cobija y protege a sus pederastas. Es así. Por más que Benedicto XVI condene los casos de Boston, Wisconsin y Arizona, en los Estados Unidos, o los de Alemania, Bélgica e Irlanda, o los de México, ya saben, en la práctica lo que se ve es encubrimiento. Por más que el papa llore en Malta y se muestre compungido, lo que rige es la ley de la omertá. El silencio cómplice, o sea. Al estilo de la mafia. Tal cual.
Miren nomás el caso Karadima en Chile. Durante años, cuatro personas interpusieron reiteradas denuncias ante la iglesia contra el sacerdote Fernando Karadima, y nada. Estamos hablando de personas que fueron abusadas sexualmente por este cura que se había hecho fama de santo, de “forjador de vocaciones”, y tenía encima un magnífico posicionamiento en la clase alta santiaguina. Y entre la derecha política. Y entre los obispos y arzobispos y figurones del Vaticano. Y así. Así, hasta que, al igual que en el caso Maciel, un medio de comunicación estadounidense se ocupó del tema. En este caso, nada menos que el New York Times, que recoge un par de testimonios de las víctimas de Karadima, quienes lo acusan de abuso sexual y psicológico cuando estos eran menores de edad. Porque, claro, los diarios y televisoras chilenas, que estaban bajo el influjo de este religioso, qué creen, miraban para cualquier sitio menos hacia donde tenían que mirar. El diario La Tercera había sacado antes una nota tímida sobre este asunto. Acto seguido, el vespertino La Segunda titulaba: “La denuncia no tiene fundamento”.
El tole-tole vino después, con el informe del NYT que se publicó en abril del año pasado. Y la reacción no se hizo esperar. “Me parece inconcebible que se desprestigie a un sacerdote que ha hecho tanto por la iglesia”, dijo el empresario José Said, accionista principal de la Embotelladora Andina, del Parque Arauco y la Isapre Cruz Blanca. “Acá hay manos negras”, chilló el alcalde de Puente Alto y vicepresidente de Renovación Nacional, Manuel José Ossandón. “(Los denunciantes) deberían irse a Hollywood”, señaló airada la esposa de Eliodoro Matte, uno de los hombres más ricos de Chile y uno de los principales benefactores del controvertido sacerdote de la parroquia de El Bosque, de la comuna de Providencia. “Es una calumnia sin fundamento y grosera”, gruñó en El Mercurio el actual vicedecano de la Facultad de Teología de la Universidad Católica (UC), Rodrigo Polanco.
No obstante, cuatro días más tarde, el programa Informe Especial de TVN, que había grabado los testimonios semanas antes pero no se había atrevido a propalarlos, finalmente cumplió con su deber periodístico. Y el remezón en todo Chile fue brutal. Lo que se quiso esconder, finalmente vio la luz. Los testimonios, aunque crudos y terribles, eran creíbles. Los interlocutores eran un médico cirujano, un filósofo y un periodista. Todos de cuarenta y pico años.
“Las denuncias se conocieron públicamente menos de un mes después de que el cardenal Errázuriz afirmara que en Chile solo había ‘poquitos casos’ de abuso sexual por parte de sacerdotes”, comenta la periodista María Olivia Monckeberg en su libro Karadima, el señor de los infiernos.
Así las cosas, a pesar del entonces arzobispo se decidió recién iniciar una investigación eclesiástica. Y en un gesto inédito y velocísimo, el 18 de febrero de este año se conoció el fallo del Vaticano condenando a Karadima. Bueno. “Condenando”, es un decir. Porque la pena eclesial en estos casos es la reclusión en un convento de monjitas para que haga “oración y penitencia”. Una burla, vamos. Pero por lo menos no se negó lo evidente. Aunque Karadima, hasta el día de hoy, lo sigue negando todo.
Lo cierto es que, la estructura que diseñó y construyó para perpetrar sus abusos, apelando a la obediencia y al sometimiento y al maltrato psicológico y al culto a su personalidad y a la manipulación, cayó. Se desmoronó. Se desbarató gracias a un puñado de valientes que tuvo el coraje de denunciarlo. Le reventó como una granada en la mano, liquidando su biografía perversa y siniestra, que, durante muchos años, mantuvo un halo de santidad, urdido bajo un manto de impunidad y secretismo. La prensa lo desenmascaró. Y la verdad prevaleció.